miércoles, 21 de agosto de 2013

LOS OCHO PRINCIPIOS BÁSICOS DE LA TERAPIA DE JUEGO NO DIRECTIVA



VIRGINIA AXLINE (1911-1988)



Pionera en el uso de la Terapia de juego, autora de la terapia lúdica.  Uno de sus escritos más famosos es  Dibs, en busca del Yo.

Consideraba que a través del juego, el niño mantenía una actitud franca, honesta y viva, que sus sentimientos y pensamientos emergían de manera  desenvuelta  y sin inhibiciones.


En su libro Terapia de Juego, de manera didáctica y a través de ejemplos, nos da a conocer el contexto de la terapia de juego y  establece los ocho principios básicos para la terapia de juego no directivo estos son:





El terapeuta debe desarrollar una relación cálida y amistosa con el niño, a esto se le conoce como rapport, y debe ser establecerse  lo antes posible. Este principio hace referencia que el terapeuta debe "acceder" al "mundo" del niño, brindándole aceptación, calidez, trato humano. Los niños que asisten a terapia necesitan encontrar un ambiente de acogida. Además, esta es la primera tarea que debe preocupar al terapeuta. 



El terapeuta debe aceptar al niño tal cual es.  El terapeuta debe dejar a un lado cualquier tipo de etiqueta o prejuicio hacia el niño. Debe fijarse en que el niño es un ser humano único y que por tanto merece respeto y aceptación incondicional. Además, el niño ha tratado de funcionar de la mejor manera posible.





El terapeuta establece un sentimiento de permisividad en la relación con el niño, el fin de esto es que el niño sienta la libertad de expresar por completo sus sentimientos. Para que el niño se manifieste tal como es, es necesario que el terapeuta le “permita ser”. El terapeuta debe “dejar fluir” al niño. Debe permitir que el niño entre en su mundo (mundo de niño), y por tanto, debe evitar imponer parámetros de “adultos”.



El terapeuta debe estar alerta para reconocer los sentimiento que el niño expresa  y reflejarlos de vuelta al niño con la intención de lograr que el niño logre una introspección. Lo importante es reconocer los sentimientos del niño. El terapeuta debe desarrollar “ojo clínico” para identificar las emociones del niño que se hacen presentes en el transcurso del juego. Es el reflejo de las emociones por parte del terapeuta lo que permite que el niño realice introspección sobre sí mismo y aprenda a ver las cosas de forma distinta.



El terapeuta  respeta profundamente las habilidades del niño para resolver sus propios problemas si este le otorga la oportunidad de hacerlo.  Lo importante es reconocer los sentimientos del niño. El terapeuta debe desarrollar “ojo clínico” para identificar las emociones del niño que se hacen presentes en el transcurso del juego. Es el reflejo de las emociones por parte del terapeuta lo que permite que el niño realice introspección sobre sí mismo y aprenda a ver las cosas de forma distinta.




El terapeuta no intenta dirigir las acciones o conversaciones del niño de ninguna manera, es el niño quien guía, el terapeuta solo sigue el juego del niño. El terapeuta debe respetar al niño permitiéndole ser. Es el niño quien debe llevar la dinámica del juego. Debe permitirse al niño entrar en su “universo infantil” y expresarse cómo el desee hacerlo. El terapeuta debe dejarse guiar y conducir por el niño.



El terapeuta no intenta acelerar la terapia, reconoce que es un proceso gradual y respeta el tiempo del niño. Cada niño necesita tiempo para explorar y llegar a la introspección de sí mismo. El terapeuta debe desarrollar una actitud paciente respetando los procesos del niño. El terapeuta debe evitar interferir o sugerir el proceso.




El terapeuta establece únicamente las limitaciones necesarias de anclar la terapia al mundo de la realidad  con el fin de hacer consciente al niño de su responsabilidad en la relación. Es necesario que el terapeuta desarrolle una actitud flexible ante el proceso del niño. El niño necesita expresar sus emociones. En este sentido el terapeuta no debe imponer sus criterios personales al niño. Debe dejar que el niño se exprese. Para lograr este objetivo sólo debe fijar los límites necesarios que eviten riesgos para el niño y para el terapeuta.













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